AZORES: PRIMERAS IMPRESIONES AZORES EN FAMILIA

AZORES: PRIMERAS IMPRESIONES AZORES EN FAMILIA

 

La isla nos recibió con un golpe seco y brusco.

Todos nos estremecimos por unos instantes, aferrados a nuestros asientos.

Los fuertes vientos que azotaban la zona aquellos días, hicieron que la maniobra de aterrizaje de nuestro avión, fuese la más violenta que recuerdo haber vivido.

Quizás, aquello era una señal que la isla nos lanzaba, para mostrarnos lo indómita e imprevisible que podía llegar a ser.

Aquel viento enfurecido continuó toda la noche, golpeando sin descanso las ventanas de la casa en la que nos alojamos. Sabíamos que aquel temporal de viento, y (también lluvia), nos acompañaría de nuevo al día siguiente. Así que nuestro primer día en Sao Miguel, se convirtió en un lento paseo por las sinuosas carreteras de la isla sin salir apenas del coche .

Y en ese paseo, ya pudimos empezar a apreciar parte del encanto de aquellas tierras.

Prados, valles, bosques impenetrablemente frondosos, helechos gigantes, abetos inmensos, alguna palmera, desfiladeros, lagos, cascadas, flores silvestres en cada esquina (en pleno octubre), acantilados, playas, … No podía haber imaginado nunca un paisaje tan diverso y sorprendente, en este rincón del mundo, nacido de la lava, perdido en mitad del océano.

Poços de San Vicente de Ferreira

 

Lagoa Azul
Lagoa Azul

El resto de los días el viento y la lluvia decidieron darnos una tregua, y pudimos salir a conocer la isla por nuestro propio pie, y disfrutar, más de cerca, de todo lo que ya habíamos intuido tras las ventanillas.

Recorrimos Sete CidadesLagoa AzulLagoa Verde. Admiramos las vistas de Lagoa do Fogo. Visitamos As Furnas y probamos su más delicioso tesoro. Nos dimos un baño en Caldeira Velha. Conocimos Lagoa do Congro. Fuimos hasta Nordeste a visitar Faro do Arnel

Caldeira Velha
Lagoa do Fogo

Nunca creí poder encontrar tanto en tan pocos kms2. Nos topábamos con escenarios tan impresionantes, que no podíamos evitar que de nuestras bocas, saliesen frases de admiración y sorpresa en cada parada.

Algunos lugares nos atrapaban; no podíamos dejar de maravillarnos ante ellos y fotografiarlos desde todos los ángulos posibles, (por si el tiempo borraba tanta belleza de nuestra memoria).

Incluso había paisajes que nos trasladaban momentáneamente a otros muy lejanos, pero no tan distintos. Por un instante, creías estar en Suiza, en Canadá, en Irlanda, en alguna isla tropical…

Como un collage de las estampas más impresionantes del mundo en una sola isla.

Pero parte del encanto de las Azores, reside también en su gente y su autenticidad. Por suerte hay lugares en el mundo como éste, que conservan su esencia, sin dejar que la, cada vez mayor, afluencia de visitantes, lo conviertan en algo que no es. Y ojalá continúe así por mucho tiempo.

Ojalá que se pueda seguir comiendo de lujo en el bar de apariencia más cutre, donde la gastronomía es la tradicional, la de casa, sin grandilocuencias de afamado chef.
Ojalá que uno se pueda seguir cruzando por las carreteras con tractores, y pequeñas camionetas, cargadas de bidones de leche recién recogida. Que los mugidos de las vacas de un campo cercano, sean el despertador por las mañanas. Que siga dando un poco de reparo entrar en los bares de los pueblos, y sentir que irrumpes en un lugar casi sagrado, donde grupos de hombres ataviados con sus vestimentas de labranza, toman algo al final de la jornada. Que sigan vendiendo la fruta a golpe de claxon por las puertas cada mañana… Que todo eso no se pierda.

Porque todo eso también es Azores .

Que no cambie.O al menos que no lo haga sólo por deleitar  a quienes sólo estamos de paso.

De algún modo, no deja de resultar reconfortante saber que no todo ha cambiado tanto en algunos sitios,y que podemos disfrutar aún de cosas sencillas, de la forma más simple, como antaño.

Y así regresamos de Azores: con la sensación de haber hecho un descubrimiento. Como si, por casualidad, hubiésemos conocido el secreto mejor guardado de Portugal.

Regresamos también con los ojos llenos de belleza. Llenos de verde y de azul. Con los pulmones llenos de aire puro y el corazón lleno de ganas de volver.

 

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