INOLVIDABLE NAMIBIA: DESCUBRIENDO EL PUEBLO SAN NAMIBIA EN FAMILIA

INOLVIDABLE NAMIBIA: DESCUBRIENDO EL PUEBLO SAN NAMIBIA EN FAMILIA

Volvió a suceder.

De nuevo, otro instante, a miles de kms de casa, me hizo emocionar como pocas cosas lo consiguen.

Desde aquel regreso de Pokhara a Katmandú en moto, recorriendo carreteras entre arrozales, no lo había vuelto a sentir.

Se trata de ese momento mágico, en el que te sientes tan viva y feliz, que no puedes expresarlo. Como si lo que estás viviendo te pareciese tan irreal e intenso, que las lágrimas resultan el último recurso que le queda a tu cuerpo, para aliviar tanta emoción.

Ocurrió en Damaraland. Una región en el centro de Namibia, situada al borde del desierto del Kalahari. Tierra rocosa y árida; tierra de acacias, polvo y lagartijas.

PAISAJE DE LA REGIÓN DE DAMARALAND

Allí, en un camino solitario, junto a unas enormes rocas, se encuentra una aldea San, más conocidos como Bosquimanos.

CAMINO A LA ALDEA SAN

No me importó que la aldea no fuese del todo real. No me importó, que la visita tuviese una tarifa. Las personas que nos estaban recibiendo y las tradiciones que iban a explicarnos, sí eran reales. Su modo de vida, era real; el que conocían desde hace miles de años. Y eso, era lo importante.

ENTRADA A LA ALDEA SAN

Allí, en medio de aquel desierto rocoso, durante unas semanas, vive una familia de Bosquimanos, para mostrar y explicar sus costumbres a todos aquellos que quieren conocerlas.

Y allí estábamos. A solas con ellos.

Nosotros blancos, vestidos, y ataviados con nuestras vulgares cámaras y nuestros ridículos sombreros. Y ellos, semidesnudos, con sus arcos y flechas a la espalda, explicando, en su idioma de chasquidos y otros sonidos irreproducibles, cómo vivían. Cómo sabían hacer fuego con dos ramas y hierba seca. Cómo hacían cuerdas irrompibles a partir de la hoja de una planta. O cómo cazaban aves, con trampas bastante elaboradas, mediante simples ramas y cuerdas.

EXPLICANDO CÓMO HACÍAN FUEGO

Yo no podía dejar de asombrarme con todo aquello. Oirles hablar de su vida; ver los niños descalzos y desnudos alrededor, con sus amplias sonrisas y sus ojos curiosos; ver cómo eran capaces de aprovechar cada elemento que la naturaleza les brindaba, en aquel inhóspito rincón del mundo, para sobrevivir…era simplemente algo increíble. Me parecía estar dentro de un documental.

Me maravillaba comprobar, cómo se podía vivir sin tener absolutamente nada.

Sus atuendos, sus adornos, sus casas, sus alimentos…todo procedía de la naturaleza  y del trabajo de sus manos. Y todo era de todos.

ELABORANDO ADORNOS CON TROZOS DE HUEVO DE AVESTRUZ

Despertaban en mí, admiración, y  también ternura. Como quien ve a un niño, con esa mirada limpia e inocente, de quien no sabe todavía, lo complicada que puede llegar a ser la vida en realidad.

Y llegó el momento de la danza tribal. Querían mostrarnos cómo celebraban el final de una exitosa jornada de caza.

Niños, mujeres, hombres y ancianos se agruparon. Y con unos cascabeles de semillas en los pies, sus voces y sus palmas, consiguieron crear un sonido rítmico con el que empezaron a bailar.

DANZA DE CELEBRACIÓN

Puede parecer ridículo, pero ser testigo de una danza ancestral tan auténtica, hizo que por unos segundos me sentiera espectadora de una escena de otra época. Como si hubiese viajado en el tiempo, y estuviese presenciando un acto ritual aún desconocido para el mundo.

Mis ojos se empañaron.

Aunque pude contener las lágrimas, fui muy consciente del privilegio que suponía presenciar aquello. Sabía que, aquella escena, se quedaría grabada en mí para siempre.

Después de despedirnos, sobrecogidos, de aquella familia que tan generosamente nos había recibido, emprendimos el camino de vuelta. Salimos de allí felices, pletóricos, llenos de agradecimiento, admiración y con la certeza de haber vivido una experiencia única e inolvidable.

Aún ahora,  días después, de vuelta en casa, engullida ya por la rutina, sigo pensando en aquel día, y vuelvo a sentir un pequeño escalofrío.

Sin duda, instantes así, son los que hacen que mis ganas por seguir queriendo explorar el mundo no paren de crecer. Hay tanto por aprender y por descubrir…

 

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