EXCURSIÓN DE UN DÍA AL MONTE FUJI DESDE TOKIO: ¿MERECE LA PENA? JAPÓN EN FAMILIA

EXCURSIÓN DE UN DÍA AL MONTE FUJI DESDE TOKIO: ¿MERECE LA PENA? JAPÓN EN FAMILIA

 

 

Uno de los sitios que teníamos claro que queríamos visitar en nuestro viaje a Japón, era el Monte Fuji: El símbolo de Japón por excelencia y una de las atracciones naturales más importantes del archipiélago.

Con sus más de 3000 mts de altura, nos lo imaginábamos levantándose en el horizonte, coronado por un manto blanco, imponente.

No podíamos estar en Japón, y no ver en persona, esa estampa única que tantas veces nos habíamos imaginado.

No lo llevamos organizado, esperando a ver qué día era el más adecuado, según el pronóstico del tiempo. Lo ideal sería verlo en un día despejado, por eso fue al llegar, cuando decidimos qué día era el mejor.

Tal y como os comenté en mi post anterior, lo hicimos con la empresa KKDAY.

 El día en el que mejores condiciones se preveían, era justo el domingo, al día siguiente de llegar a Japón. Con tan poca antelación, y en plena Golden Week, las plazas en casi todos los tours estaban al completo. Salvo en esta web.

 La verdad es que no teníamos ninguna referencia, la empresa tampoco nos sonaba, pero parecía seria, así que reservamos la excursión que incluía: la visita al castillo de Odawara, un pequeño paseo en barco por el lago Ashi, y una visita hasta Hakone, cerca de la cumbre del monte Fuji.

El autobús con el que haríamos la excursión salía de Shinjuku, a unos 40 minutos en tren desde Ueno, donde nos estábamos alojando (linea Yamanote). Así que a la mañana siguiente, cogimos nuestro primer tren con nuestro JR Pass, y llegamos sin problemas al punto de encuentro. Decenas de autobuses de diversas compañías se concentraban en los exteriores de la estación de tren de Shinjuku, para salir a distintas excursiones.

 

Shinjuku

A la hora prevista, (y ya conocéis la puntualidad japonesa), apareció nuestra guía. En cuanto comprobó nuestra reserva online, nos hizo pasar al bus y arrancamos. Tras unos minutos rodando, salimos de la ciudad, dejando atrás sus aglomeraciones y edificios.

Y tomando la autovía que nos llevaría por la costa a nuestro destino, de pronto apareció de la nada, sin más, delante de nosotros, a lo lejos:

 

Ya así, nos pareció impresionante.

Durante el trayecto, conocimos desde el bus la región de Yokohama. Se trata una zona de playas y pueblos costeros con mucha vida. Pudimos ver mucha gente paseando en bici, haciendo paddle surf, practicando yoga, de picnic en la arena…Fue una sorpresa. No esperaba encontrarme aquel ambiente y aquel paisaje de camino al monte Fuji. Ni siquiera me había planteado nunca cómo sería la costa en esta parte del país. ¿Sería una costa abrupta y escarpada? ¿Tendría playas paradisíacas?  y si las hay ¿cómo las disfrutan?. Durante nuestra ruta, pudimos responder a esas dudas, con un simple vistazo desde la ventanilla.

De nuevo el monte Fuji volvió a aparecer frente a nosotros. Parecía emerger de la planicie como por arte de magia, como una especie de coloso ejerciendo de centinela, y velando, desde lo alto, por el bien de todo aquel que lo estuviese admirando.

Verlo a lo lejos ya fue todo un lujo.

 

Sin embargo, reconozco que la visita tuvo una parte bastante negativa que desmereció un poco la excursión. Llegar hasta Hakone, la parte más cercana al Monte Fuji, lleva normalmente alrededor de dos horas. Fuimos por la costa, pasando por Yokohama, pero…un domingo de sol, en plena semana de festivos, la carretera de la costa estaba colapsada. Tardamos una hora más de lo previsto debido al atasco, así que se nos hizo largo. Además, al tener programadas varias visitas: el castillo de Odawara, el paseo en barco por el lago Ashi, y la visita a Hakone, las visitas a estos lugares fueron un poco a contrarreloj. No estamos acostumbrados a ir a excursiones, ni a ir a visitas en grupo con horarios tan marcados, por lo que nos agobió un poco en algún momento.

La parte positiva fue que resultó una manera muy cómoda de empezar a conocer Japón, y nos permitió recuperarnos un poco del madrugón que nos pegamos (debido al jet lag).

La parada en el Castillo de Odawara fue bastante rápida. Nosotros al ir con el Pequeño Explorador, y siendo ya hora de comer, decidimos pasear por los jardines cercanos a la entrada, ver el exterior del castillo y coger algo de comer en unos puestos de comida callejera que había por allí.

 

 

Comimos, paseamos un ratito, y seguimos con nuestra ruta en autobús. Al cabo de un buen rato, llegamos al lago Ashi, donde cogimos un barco al más puro estilo bucanero. El trayecto duró unos 15 minutos. Las vistas del lago, y el propio barco fueron increíbles.

Una vez que llegamos a la otra orilla, volvimos al autobús y después de otro rato, llegamos a Hakone, uno de los puntos más cercanos a la cumbre del Monte Fuji y desde donde sale un teleférico.

Tuvimos alrededor de una hora para disfrutar de las vistas, aunque a esas horas de la tarde, una nube había rodeado ya la cumbre del monte Fuji y no podía verse bien. Parece que es bastante habitual ver la cumbre así, envuelta en una nube permanente cuando anochece.

Lo más curioso de lo que pudimos ver de Hakone, además de entrever la cumbre de uno de los volcanes más famosos del mundo, fue cómo la actividad volcánica de la zona, se hacía evidente en borbotones de agua hirviendo que salía de la tierra. Nos recordó mucho a la zona de las Furnas en Azores.

En este punto, justo donde está la estación del teleférico, hay una tienda de dulces típicos, souvenirs, etc., donde pudimos comprar los huevos negros de Owakudani. Estos huevos, son huevos cocidos normales, de gallina, solo que se cuecen en estas aguas sulfurosas, por lo que la cáscara se pone completamente negra.

La leyenda dice, que por cada huevo que se coma, se aumenta la longevidad en 7 años, pudiendo sumar hasta un máximo de 17 años. Nosotros compramos una bolsita de 4, y en el camino de vuelta, en el autobús, los fuimos comiendo. Por supuesto el Pequeño Explorador se llevó doble ración. Estaba alucinado con los huevos negros… Ahora dice que son su comida favorita…

 

El camino de vuelta se hizo mucho más llevadero. Pudimos volver a Tokio sin atascos, haciendo solo una parada (para ir al baño y hacer acopio de sushi para llegar a la ciudad ya cenados).

A pesar de que el trayecto en bus, para un solo día se hizo largo, la excursión mereció la pena. Pudimos ver paisajes completamente distintos: desde el centro de Tokio con sus rascacielos y sus calles concurridas, hasta la zona árida y volcánica de Hakone, pasando por zona de costa y playas.

Y sobre todo, pudimos admirar el Monte Fuji en el horizonte, tal y como nos lo habíamos imaginado y hasta pudimos entrever su cráter entre las nubes.

Sin duda, es una opción muy recomendable si queréis aprovechar vuestra estancia en Tokio (eso sí, mejor si no es en la Golden Week 🙂 )

¿Os parece el Monte Fuji un imprescindible en un viaje a Japón?

 

 

 

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