TAKAYAMA: CONOCIENDO LOS ALPES JAPONESES

TAKAYAMA: CONOCIENDO LOS ALPES JAPONESES

Japón en familia

Después de recorrer parte de lo que para muchos es lo más representativo de Japón -Tokio y Kioto- , empezamos el tramo del viaje que más ilusión nos hacía: adentrarnos en un Japón más rural y conocer los llamados popularmente «Alpes Japoneses». Para nosotros, y para nuestra filosofía como viajeros, ésta fue la parte más auténtica y emocionante del viaje.

Cuando uno recorre una gran ciudad como Tokio, o Kioto, lo hace un poco en soledad.

Mapa en mano, pateamos las calles atestadas y las grandes avenidas, y a pesar de estar rodeados de gente, la propia muchedumbre nos hace desaparecer.

Miles de turistas recorren los mismos puntos que nosotros, nos cruzamos con cientos de personas, que, ocupadas con su propio andar, ni nos miran. Y al final estamos un poco solos.

Esto no sólo pasa en Japón, obviamente, esto pasa en cualquier gran ciudad del mundo: se pierde el trato personal y con él, parte de la esencia del lugar.

Por esto, salir de la vorágine de la gran ciudad y visitar los Alpes Japoneses, y en concreto el pueblo de Takayama fue una decisión necesaria y acertada. Allí esperábamos encontrar un espacio más acogedor, cercano y con el que poder tener más contacto con la gente del país.

Para llegar a esta pequeña ciudad de la prefectura de Gifu, desde Kioto, tomamos un tren hacia Nagoya, y allí, cambiamos de tren y cogimos el que se dirigía hacia Takayama. El trayecto, de unas dos horas, hacia el pueblo ya fue de lo más pintoresco. Por fin cambiaba el paisaje al otro lado de la ventanilla. Más verde y más azul a nuestro alrededor. Montañas de bosques frondosos, aldeas rodeadas de arrozales, bosques de bambú, ríos, embalses, pequeños templos… Y por fin llegamos.

TAKAYAMA

Teníamos varios objetivos que queríamos cumplir al visitar Takayama, además de conocer la ciudad, y disfrutarla sin más. Estos objetivos eran conocer la ciudad museo de Hida No Sato, probar la experiencia de visitar un onsen o sento y dormir » a la japonesa», en un futón sobre un tatami.

Y lo conseguimos todo e incluso más.

Lo primero que hicimos tras dejar las cosas en nuestro ryokan (un pequeño hostel cerca de la estación), fue dar un paseo por los alrededores. Y no podían darnos mejor recibimiento: justo al pasar por una de las calles principales, aparecía un desfile de niños y también ancianos ataviados con trajes tradicionales. De nuevo, la Golden Week, esta vez con motivo del día del Niño, nos regalaba una celebración, y además, a pie de calle, no en un templo, y fue realmente emocionante. Sin duda uno de los mejores recuerdos que me llevo de este viaje.

En nuestro paseo, pudimos comprobar que se trataba de un pueblo pequeño pero lleno de vida. Aunque también había bastantes turistas (incluidos muchos españoles), era un turismo mucho menos masificado que en Tokyo o Kioto. A pesar de los visitantes, se seguia respirando un ambiente tranquilo.

Su casco antiguo llamado Sanmachi Suji, formado por tres calles, es uno de sus mayores atractivos, tanto por la arquitectura tradicional de sus casas, tan bien conservadas, como por la cantidad de bodegas de sake que se pueden visitar. Cualquier tiendecita o establecimiento en esta zona, tiene un encanto especial.

En ese paseo, cruzamos el río Miyagawa por el puente rojo de Nakabashi, y encontramos un sitio asequible donde probar una de las mejores carnes del mundo, la carne de ternera de Hida , tan valorada como la de Kobe (de ahí sus precios desorbitados).

Nosotros lo probamos en hamburguesa y la verdad es que estaba deliciosa.

Después, volvimos a nuestro ryokan y pudimos probar a dormir en nuestros futones en el suelo. La verdad es que se duerme mucho más cómodo de lo que pueda parecer. Al Pequeño Explorador le hizo mucha ilusión la experiencia.

Al día siguiente, preguntamos donde podríamos alquilar dos bicis (en el propio ryokan tenían bicicletas para alquilar, pero sin silla para niños)y nos recomendaron: Hanakawa Bicycles a un par de calles de allí.

Allí conocimos a un personaje entrañable. El dueño del establecimiento, era un anciano (de edad indeterminada), muy sonriente, que fue muy amable con nosotros y sobre todo con el Pequeño Explorador. Enseguida se hicieron amigos, a pesar de que él no hablara ni una palabra de inglés, ni nosotros nada más allá de un «arigató». Nunca supimos como se llamaba, ni pudimos cruzar una frase con él, pero las miradas, los gestos y las sonrisas bastaron para entendernos perfectamente.

CIUDAD MUSEO ETNOGRÁFICO HIDA NO SATO

Una vez que tuvimos las bicis, emprendimos el camino a la aldea de Hida No Sato, un museo etnográfico al aire libre donde conocer la historia de la vida rural de la zona.

Fueron unos 20 minutos de paseo en bici, y el último tramo en subida, costó un poco, pero sin duda, mereció la pena el esfuerzo.

La aldea se encontraba en una colina, rodeada de bosques y la formaban varias casas de estilo tradicional, trasladadas allí desde distintos puntos de la región.

Desde allí, podían verse las cumbres nevadas de la cadena montañosa que divide la isla, formada por las montañas Hida, Kiso y Akaishi (los Alpes Japoneses).

En cada casa podíamos entrar y ver su interior, conociendo así cómo era la disposición de las viviendas particulares, o cómo eran los talleres de los artesanos. De hecho había personas trabajando en distintas disciplinas, para que pudiésemos ver cómo eran aquellos trabajos: había una anciana tejiendo en un telar antiguo, una señora pintando palillos a mano, un grupo haciendo cerámica, un hombre tallando madera… Era de lo más ilustrativo, y pudimos imaginarnos fácilmente cómo vivían en aquellos pueblos hace uno o dos siglos.

Además de las casas tradicionales, el paisaje que rodeaba la aldea era espectacular. Un bosque frondoso, con pequeños templos, una gran campana ritual, un lago donde dar de comer pan a las carpas, formaban un entorno idílico por el que pasear.

Había también una zona de juegos tradicionales, donde probar a echar una peonza, o a hacer origami (papiroflexia), o caminar con zancos.

Incluso hay un pequeño set donde puedes hacerte una foto en familia, con trajes tradicionales para llevarte de recuerdo de manera gratuita.

La entrada a la aldea costó unos 6 euros, y sin duda fue uno de los mejores planes del viaje, tanto por el encanto del lugar, como por lo que pudimos aprender tan gráficamente sobre la manera de vivir en la región . Para el Pequeño Explorador fue una experiencia muy divertida y didáctica.

Tras pasar la mañana en el museo de Hida No Sato, y reponer fuerzas (esta vez en un Mc Donalds, no todo podía ser carne de ternera de Hida…), nos dispusimos a aprovechar la tarde que se preveía de lluvia cumpliendo nuestro siguiente objetivo: probar un baño público japonés, un sento.

ONSEN / SENTO

Los onsen son baños públicos típicos de Japón, que se localizan en puntos donde existen aguas termales cálidas de origen volcánico. Vienen a ser lo equivalente a nuestras termas. Y como en España, los hay al aire libre, de origen natural, o algo similar en instalaciones bajo techo, más parecido a un pequeño spa.

Nosotros teníamos claro que queríamos probar la experiencia de hacer uso de un onsen o sento en nuestro viaje a Japón, y en Takayama pudimos hacerlo. Es cierto que lo ideal hubiera sido hacerlo en uno de los más tradicionales, los que se encuentran en medio de la naturaleza, pero no siempre son de fácil acceso en transporte público, ni se situaban cerca de los puntos que pensábamos visitar en nuestra ruta. Así que nos decidimos por éste en Takayama que estaba justo en la acera de enfrente de nuestro ryokan.

Foto de Yutopia-takayama.net

Al final, lo que queríamos vivir era la experiencia de compartir una tradición milenaria tan importante en la cultura japonesa, sin importarnos demasiado el entorno dónde hacerlo.

En el ryokan nos facilitaron la entrada (con descuento) al sento, y nos alquilaron unas toallas y gel y champú para cada uno por unos 8 euros. En el propio sento podemos encontrar champú, jabón y otros artículos de aseo de uso común (secador, báscula..). Una vez llegamos allí con nuestro kit, nos descalzamos en la entrada  y nos separamos, chicos por un lado y yo por otro.

Y aquí empieza la experiencia. Primero, obviamente, por tener que estar desnudo del todo ante completos desconocidos. Para quien no esté acostumbrado puede ser algo chocante en un principio, pero una vez allí, rodeado por otras personas que al igual que tú están a lo suyo (y tampoco tienen cuerpos perfectos), llega un momento en que deja de ser un detalle importante.

Una vez dentro de la zona de piscinas, había distintos espejos en una de las paredes con un pequeño grifo al lado, donde sobre unos banquitos, las mujeres se sentaban y procedían a lavarse antes de meterse en las piscinas.

Foto de Yutopia-takayama.net

Por medio de toallas, se enjabonan completamente el cuerpo, y la cabeza, y con pequeños cubos de plástico se aclaraban con el agua de los grifos que tenían a su alcance. Os puedo decir, que por trivial que parezca,  no era lavarse por lavarse, era como una especie de ritual muy metódico en el que se adivinaba incluso una especie de actividad meditativa. No veías a las mujeres charlando animadamente, ignorando un poco la tarea que estaban haciendo, si no que lo hacían, concienzudamente, totalmente concentradas.

Yo, ignorante de todo aquello, me limité a imitar, y no interferir en la tranquilidad de las demás mujeres. Lo más curioso de todo, era que ellas, quitando algún gesto cordial en el vestuario, me ignoraban por completo, es decir, no les llamó la atención que una única mujer occidental estuviese allí intentando hacer lo mismo que ellas (supongo que con cara de circunstancia). Gracias a eso, no me sentí incómoda, todo lo contrario, me sentí una más.

Foto de Yutopia-takayama.net

Hay que tener en cuenta que, al final, la tradición de estos baños, además de por higiene o por sus propiedades saludables, resulta ser un punto de encuentro en pequeñas poblaciones donde los vecinos podían pasar un rato de ocio en comunidad y estrechar lazos.

Es cierto que la media de edad de la gente que estaba en el sento en ese momento era de unos 70 años, y el Pequeño Explorador supongo que habrá dado la nota en su parte masculina de los baños, pero la verdad es que nos sentimos muy cómodos y nos encantó la experiencia. Salimos de allí muy relajados, limpitos y con la satisfacción de haber vivido una experiencia inolvidable.

Después ya tocaba cenar y dormir, para al día siguiente despedirnos de uno de los lugares de Japón que más huella nos había dejado, y emprender la vuelta a Tokio para pasar los dos últimos días en Japón.

Os recomiendo que si vais a Japón, y tenéis oportunidad de visitar este pequeño pueblo no dejéis de hacerlo. Os llevaréis un recuerdo imborrable y distinto de Japón.

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