RUTA EN MOTO POR LA COSTA DE SENEGAL: LOMPOUL Y EL SAHEL HACIENDO MEMORIA

RUTA EN MOTO POR LA COSTA DE SENEGAL: LOMPOUL Y EL SAHEL HACIENDO MEMORIA

No hay mayor sensación de insignificancia que la que provoca estar en un desierto. En ese momento en el que subes a una duna, y te detienes a ver lo que te rodea, de repente, te sientes pequeño, vulnerable, débil y diminuto. Quizás estar en alta mar, sin tierra a la vista, provoque una sensación similar…  no lo sé,  pero esa sensación fue la que viví en el desierto del Sáhara, en Marruecos.

Sin embargo mi experiencia en el Sahel fue distinta. Al menos la parte del desierto que conocí en este viaje, me hizo verlo como un desierto más acogedor, más amable, y no tan inhóspito como el Sáhara. Aunque en ambos lugares pasé momentos de pánico…

Uno de esos momentos, fue en la terraza de nuestro hotel en Marruecos mientras cenábamos, (os lo conté aquí ) y el otro, os lo cuento hoy.

Reconozco que tengo que empezar a superar ciertos miedos…

 

Siguiendo nuestra ruta por la costa, dejando ya atrás La Langue de Barbarie y Saint Louis, continuamos nuestro camino hacia el sur (ver post anterior Saint Louis).

CAMINO AL SUR

 

CAMINO AL SUR

La siguiente parada era Lompoul, una pequeña población costera a unos 150kms al sur de Saint Louis. La principal actividad de este pueblo, es la pesca artesanal, como pudimos comprobar cuando llegamos a su playa.  Pero el mayor atractivo de esta localidad es que a unos kms hacia el interior, comienza uno de los desiertos más extensos de África. Por eso Lompoul se considera la puerta del Sahel. Este desierto va de costa a costa, atravesando como un cinturón la parte central de África, separando la zona más árida del norte de África, de la sabana de la zona sur.

DESIERTO DE SAHEL

Pero empecemos por lo primero que vimos: la playa.

PLAYA DE LOMPOUL

Allí pudimos comprobar in situ, que los senegaleses son gente de mar. Sólo verlos salir a faenar, desde la playa, fue todo un espectáculo. Unos 20 hombres por cayuco, hacían rodar la nave sobre dos troncos hasta llegar al agua. Allí, contra las olas, a mar abierto, salían en sus coloridas embarcaciones de madera, haciendo verdaderos esfuerzos para que una ola no los tumbase de golpe y los devolviese de nuevo a tierra.

SALIENDO A LA MAR
PREPARANDO CAYUCO PARA SALIR A PESCAR

Y es que en la playa, no había gente tomando el sol, ni turismo, solo pescadores preparando sus barcas, o saliendo a la mar; mujeres cargando pescado para vender y niños. Muchos niños jugando.

NIÑOS EN LA PLAYA DE LOMPOUL

Fue allí , donde corroboré la idea que ya tenía, de que un niño puede divertirse con casi nada. Varios grupos de niños y niñas estaban pasándoselo genial con un simple cubo, un palo de un remo roto, y una boya…. Metiéndose en el agua, persiguiéndose con un pequeño pez en las manos… eran la alegría y la diversión en estado puro. Qué gusto daba verlos. Me hubiese quedado horas viéndolos, intentando entender de qué hablaban, de qué se reían, a qué jugaban… Luego entramos nosotros en escena: dos blanquitos, con cámara en mano y cara de embobados. Sacarles fotos, y enseñárselas, fue el siguiente juego. Cómo nos reímos con ellos y sus reacciones…

NIÑOS EN LA PLAYA DE LOMPOUL ENSEÑANDO SUS TROFEOS
NIÑOS EN PLAYA DE LOMPOUL

Después de darnos una vuelta por allí y de incluso darnos un rápido chapuzón, nos dirigimos a donde queríamos llegar ese día: a nuestro campamento en el desierto del Sahel.

Quisimos probar a llegar con la moto, pero, nos fue imposible localizar el camino que llevaba a nuestro lodge. Quizás nos saltamos una señal no muy visible. Quizás nuestra inexperiencia no ayudó. Quizás es que en medio de un paisaje así, es demasiado difícil orientarse. … Además el camino se iba haciendo cada vez más impracticable. Así que finalmente…desistimos.

CAMINO PARA LLEGAR AL LODGE

Llamamos a nuestro campamento para que nos viniesen a recoger, y nos quedamos a la sombra de un arbusto, esperando. La espera se nos hizo un poco larga. Quizás no fueron más de 40 minutos pero… El tiempo pasaba y pasaba, y ya estábamos empezando a ponernos algo nerviosos. Empezamos a pensar que se haría de noche y seguiríamos allí, en medio de la arena, sin nada ni nadie alrededor, y perdidos. Después de esperar como os digo lo que parecía una eternidad, por fin llegó esa bendita camioneta. Al parecer, les había costado un poco encontrarnos…

NUESTRO SALVADOR

Cargamos la moto en la parte de atrás, y nos llevaron por fin a nuestro hogar para ese día: Ecolodge Lompoul.

NUESTRA HABITACIÓN

El lugar era impresionante. En medio de las dunas, entre algunos árboles que desafiaban lo árido del lugar, se levantaba un pequeño campamento. Constaba de una tienda principal que funcionaba como cocina, comedor y recepción. A su alrededor, con bastante distancia entre ellas, había varias tiendas. Pero no tiendas convencionales, si no auténticas habitaciones con paredes de tela. Es decir, teníamos suelo de tarima, camas, mesillas…vamos, una habitación. Eso sí, el baño era exterior. Al aire libre. Rodeado de un biombo de cañas para tener intimidad, pero sin techo de ningún tipo. La verdad es que nos gustaba eso de ducharnos (más bien de echarnos cubos de agua) mientras veías el paisaje que te rodeaba o disfrutabas de las estrellas.

INTERIOR DE NUESTRA TIENDA
NUESTRO LAVABO AL AIRE LIBRE

 

NUESTRA “DUCHA”

El comedor en el que cenamos, era una maravilla. Era una simple carpa de tela y unas mesas bajas. Pero gracias a la luz tenue de los candiles y al silencio y la oscuridad más absoluta que nos rodeaba, el lugar resultaba de lo más acogedor…salvo por un detalle:los insectos. Aparecían, atraídos por la luz, distintos tipos de insectos voladores de gran tamaño. La verdad es que no molestaban demasiado, y llegabas a acostumbrarte a verlos sobre la mesa, o alrededor…o eso creía yo.

COMEDOR

Y ahí empezó una de las noches más largas de mi vida… Al terminar de cenar, nos fuimos a la tienda. En la puerta había colocado un farolillo (podéis verlo, si ampliáis, en la segunda foto de nuestra habitación).Su función era ayudar a localizar cada tienda en mitad de la oscuridad. Y ése fue el problema. Cientos de insectos enormes atraídos por la luz, revoloteaban alrededor del farolillo y por lo tanto de la entrada a nuestra tienda. También había muchos posados en la tienda, cerca de la luz. Y no eran insectos al uso..no eran bichos tamaño estándar…eran XXL. Había saltamontes enormes, una especie de cucarachas voladoras tamaño gigante, y una infinidad de variedades que no quise ponerme a diferenciar.

Pongo por delante que soy una miedica de los bichos en general, pero no llega a ser una fobia. En algunos de nuestros viajes he acabado por familiarizarme con insectos que no había visto antes y que allí eran tan comunes como una mosca, o una hormiga aquí….pero esto era demasiado. Demasiado grandes y demasiada cantidad!.

Entré como pude dentro de la tienda, asegurándome de que ninguno de aquellos bichos me había acompañado al interior, adherido a mi cabeza o a mi ropa. Pero una vez dentro, me aterraba la idea de que hubiese más insectos dentro. Os podéis hacer una idea de la escena: linterna en mano, recorriendo cada esquina, abriendo la cama para comprobar hasta el último centímetro…. Y aunque no encontré nada, del miedo paranoico que ya se había apoderado de mí, acabé durmiendo vestida (con calcetines y todo).

De reojo, vigilé durante horas los dos o tres agujeros de la mosquitera que cubría la cama. Y traté de dormir, ignorando los golpetazos que se oían, cuando los bichos se chocaban contra la tela al revolotear cerca de la luz. No podía dejar de imaginarme que uno de ellos, entraba en la tienda, se subía a la cama, y empezaba a subirme por el pelo y por la cara…

De allí, a lo que a mí me parecieron horas interminables, alguien del personal del campamento, ya de madrugada, apagó el farolillo, y se acabaron los golpetazos…y el sueño poco a poco y con esfuerzo, fue venciendo a mi miedo, por fin.

Seguramente a otros no les parezca para tanto. Soy consciente de lo ridículo de la situación, pero admito que no había pasado tanta angustia en mi vida. Ahora, con el tiempo, me río al recordarlo, claro.

A la mañana siguiente, todo parecía haber sido fruto de un mal sueño. Después de desayunar y disfrutar del paisaje, tan diferente con la luz de la mañana, nos preparamos y continuamos con nuestro viaje. El siguiente destino era …EL PARAÍSO (aunque nosotros aún no lo sabíamos). Os lo cuento en el próximo post de esta serie, ¿os venís?

¿Habéis pasado la noche en un desierto alguna vez? ¿Cómo ha sido vuestra experiencia? ¿Cuál ha sido el momento de más miedo que habéis pasado durante un viaje?.

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