BARRIOS IMPRESCINDIBLES DE TOKIO III: ASAKUSA Y AKIHABARA

BARRIOS IMPRESCINDIBLES DE TOKIO III: ASAKUSA Y AKIHABARA

Japón en familia

Tokio, ciudad de contrastes. No os cuento nada que no sepáis ya. Una ciudad vibrante y a la vez sosegada. Cuna de tradiciones milenarias, y al mismo tiempo, pioneros en los avances tecnológicos más innovadores.

Pasado y futuro se intercalan en los barrios de la ciudad, entre templos y rascacielos; entre santuarios y trenes bala; entre la paz de la oración y el bullicio de calles abarrotadas.

Puede que sea en este último día en Tokio, donde más pudimos vivir esa sensación de alternar entre dos realidades completamente distintas. A unas paradas de tren pasamos de uno de los templos más antiguos de Tokio: Senso-Ji en Asakusa, al barrio tecnológico y de videojuegos por excelencia de la capital nipona: Akihabara. Eso es, en definitiva, la esencia de la ciudad.

A 30 minutos a pie desde Ueno, se encuentra Asakusa, donde se ubica uno de los templos más importantes de Tokio: el templo budista de Senso Ji.

El templo está situado en un recinto rodeado de varios monumentos y santuarios. Es uno de los más grandes de la ciudad, y el más antiguo (año 645), aunque tras la Segunda Guerra Mundial, el templo fue destruido y años más tarde se reconstruyó. Su enorme entrada, coronada por un enorme farolillo rojo es imponente. Entrar a acompañar a sus fieles en el rezo por unos minutos, es toda una experiencia.

Otras de las construcciones que llama la atención, justo frente al templo es una enorme pagoda de cinco plantas, cuya versión original data del siglo X, aunque el edificio que podemos ver ahora es una reconstrucción al igual que el propio templo. No puede accederse a él, ya que se trata como de un santuario mortuorio que usa la gente local.

Seas o no creyente de alguna religión, estar en un sitio de culto como éste, siempre sobrecoge un poco. Personalmente, pienso, que un lugar así, en el que miles de personas han pasado durante siglos, implorando, rezando, y deseando algo, genera cierta energía en el propio lugar. Como un halo casi mágico, que te llega a envolver.

Uno de los rituales que hacen en este templo es, a cambio de una moneda, agitar una cajita de metal llena de palillos tallados cada uno con una letra, hasta sacar uno. En un casillero, buscas la letra que te ha tocado (nosotros recurrimos a la ayuda de un local, sin duda más ágil en el reconocimiento de caracteres japoneses). En cada casilla hay un mensaje de papel con el vaticinio que te corresponde.

Nosotros animamos a que el Pequeño Explorador hiciese el ritual, y la verdad es que según la predicción que le había tocado (que venía para nuestra suerte también en inglés), el futuro del pequeño no era demasiado halagüeño, así que decidimos devolverlo a su sitio (confieso que con la idea, de que así nunca llegue a cumplirse).

Dimos un paseo por el recinto viendo los distintos monumentos que hay alrededor del templo, y admirando como algunas japonesas vestidas de manera tradicional (casi como geishas), decidían utilizar aquel entorno para retratarse.

La verdad, es que es un lugar donde puede pasarse un día entero. Nosotros estuvimos una mañana, y nos pareció un lugar imprescindible para visitar en Tokio.

Por la tarde llegó el cambio de escenario. Decidimos visitar el barrio de Akihabara, el centro neurálgico de la tecnología, con edificios enteros dedicados a los vieojuegos, realidad virtual, máquinas de pachinko y tiendas de informática.

Es cierto que no es algo que a nosotros nos llame especialmente la atención. No somos fanáticos del manga, los videojuegos, o la tecnología en general, pero también es cierto que este barrio…hay que visitarlo sí o sí.

Pasearse por las calles de Akihabara es como estar tú mismo en un videojuego. Como si fueses Supermario esquivando gente en las aceras, entrando en edificios laberínticos, en donde, en cada planta hay distintas pruebas que superar. Incluso te parecerá haber visto gente jugando a Supermario por la carretera…

Para mí la «prueba» más difícil de superar, fue la fase en la que teníamos que pasar por la planta de los pachinkos y demás máquinas recreativas donde el ruido resulta atronador. Haber pasado por allí sin que se me levantase un dolor de cabeza permanente o sin que me reventasen los tímpanos fue todo un éxito.

Pero nosotros íbamos con un objetivo en nuestro paseo: hacernos un «purikura».

Con este peculiar término se denomina a una de las actividades que más les gusta a los y sobre todo a las, adolescentes de la ciudad. Se trata de ir en grupo a unos fotomatones especiales donde se pueden hacer fotos decoradas con distintos motivos: florecitas, orejitas, corazoncitos, y demás horteradas. Inluso puedes disfrazarte con alguno de los trajes que tienen allí a tu disposición.

Pues allí, en el edificio SEGA, en una de sus plantas, echamos una partida al Supermario Car (obligatorio), y nos metimos en un fotomatón como si supiéramos que teníamos que hacer.

Después de intuir qué querían decir las instrucciones que nos iba dando la máquina en japonés, conseguimos hacernos varias fotos en tamaño mini, por supuesto con orejitas, corazoncitos, florecitas y las demás horteradas de rigor.

Sí, ha sido lo más friki que he hecho en mi vida, pero admito que tiene su gracia. Sobre todo si vas con un peque, y quieres llevarte un recuerdo auténtico y divertido de tu paso por la ciudad.

Tokio es sin duda una ciudad infinita. Hay incontables rincones por descubrir y en cada uno de ellos nos espera una curiosidad, o algo desconocido con lo que la ciudad nos va sorprendiendo. Nosotros exprimimos al máximo los 5 días que estuvimos en la ciudad,como habéis visto en los últimos posts, pero creo que aunque estuviésemos un año entero, siempre tendríamos la sensación de no haberlo visto todo.

Después de nuestra visita a la capital, nos esperaba todavía mucho más por descubrir de Japón. Y poco a poco os lo iré contando.

¿Me seguís acompañando en este viaje?

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